La crítica es buena y quiero adjuntaros el primer capítulo:

PAOLETTA
Si hoy me preguntaran cuál de mis amantes me hizo más feliz,
no sabría qué responder, tal vez dijera que el último, por ser el
más reciente en mi piel y en mis sentidos, o tal vez respondiera
que el próximo si no supiese que ya solo la Parca me acogerá
en sus brazos. Mientras tanto, gimo de placer adormecida
por el intenso aroma de mi propio perfume; mis ojos se entornan
y me estremezco al apreciar dos hábiles dedos introducirse
en mi nada secreta gruta, que los acoge glotona y húmeda…
La primera vez que sentí los dedos de un hombre deslizándose
por mi monte de Venus camino del recinto de mis locuras
fue durante un juego adolescente. Estaba a punto de cumplir
los trece años, y fue en nuestra casa de Ajaccio, en Córcega «la
Sublime», como la llamaron los griegos, y durante una visita
de un joven de la Liguria de dieciséis años, ahijado de un importante
cardenal. En casa de los Buonaparte, pese al fallecimiento
de mi padre hacía ya algunos años y que nuestra posición
política ya no era la de antes, sabíamos recibir a las visitas,
sobre todo mi madre, anfitriona exquisita. Así que el joven Luigi
Lambruschini, amigo y compañero de juergas y rebeldías de
mi hermano Luis, entró en mi vida y en otros escondrijos con
el inocente juego del escondite.
Apareció una calurosa tarde de verano corso, embutido
en unos diabólicos calzones que insinuaban de forma inequívoca
sus caracteres varoniles más íntimos. Su imponente presencia
entre los demás invitados, cuyas edades oscilaban entre
los doce y catorce años, me turbó. Pensé que nuestra infantil
propuesta de jugar al escondite por el salón y en el patio de
la casa le parecería estúpida; sin embargo, él se mostró muy
entusiasmado por participar en el juego. Cuando se tienen
cuatro hermanos varones mayores, otro menor, y gran curiosidad
por la anatomía humana, se conocen muy bien los atributos
masculinos. Había descubierto sin querer las manipulaciones
escondidas de mis hermanos Luciano y Luis, también
las ostensibles protuberancias de José y de Napoleone después
de terminar algún baile con las jovencitas que cortejaban, sin
contar las innumerables veces que les había visto desbeberse
frente a nuestra casa entre los árboles, contra los muros de la
cercana catedral, en la viña de nuestro padre o en el bosque
de la Fuente de Salario; entonces era yo muy pequeña y no
me daba cuenta a ciencia cierta de los usos del complemento
varonil, hasta que pasados algunos años fui atando cabos y
descubriendo una secreta admiración por el curioso artilugio.
Y a tenor de lo que se adivinaba bajo el calzón del invitado,
mi curiosidad iba en aumento. Las demás jovencitas permanecían
atentas al sorteo de quién debería ser el buscador, pero
yo no podía apartar mi vista de aquella abultada filigrana
que descansaba sobre el muslo izquierdo de Lambruschini.
Suspiré al notar que él también me miraba fijamente y que mis
mejillas se encendían.
El instante fue roto al sonar el nombre de la elegida para
buscarnos. Salimos todos en distintas direcciones a la exploración
de un refugio de difícil acceso. Corrí subiéndome el vestido
que Napoleone me había traído de Francia; era del tipo
camisa larga hasta los pies, de muselina blanca, ligera y suave
como una pluma, sin artilugios interiores y solo con un adorno
en plata en el talle alto, tan de moda en el París revolucionario.
Advertí que me seguía, recordé aquel rincón de la caseta
del jardín donde se guardaban las herramientas, que disponía
de una pequeña rebotica para depositar las simientes, y que la
invitada, que seguía con el conteo hasta cien, desconocía. Me
giré e hice un gesto a Lambruschini: «por aquí». El joven me
obedeció y entró conmigo al exiguo vivero. Nos escondimos
detrás de los macetones, después de cerrar la puerta y asegurarme
de que sería difícil localizarnos en la penumbra del interior
de la caseta.
Para no mancharme me coloqué sobre un semillero de
madera vuelto al revés. Quedamos sentados casi uno frente al
otro, Lambruschini sobre el suelo, a medio metro por debajo
de mí. Me levanté la falda a mitad de la pantorrilla para que el
borde del vestido no se extendiera por el suelo, y puse los pies
en alto sobre otro macetero. Él sonrió e hizo resbalar su espalda
por la pared del habitáculo para ganar campo de visión.
No dije nada, me limité a subir un poco más la prenda hasta
asegurarme de que desde su posición, y merced al ángulo de
mis piernas, pudiese ver una generosa parte trasera de mis
muslos y tal vez la sombra de mi pubis. Luigi se acercó a gatas
y se arrodilló ante mí; pese a mi elevación y merced a su
altura, su rostro quedó frente al mío. «Sois la joven más bella
que he visto jamás», dijo mientras me besaba en el rostro. Sentí
un volcán en mi interior y que el rojo se ensañaba con mis
mejillas. Sin poder evitarlo correspondí a sus besos; él saboreaba
mis labios con pasión. Yo no sabía qué hacer. Entreabrí
la boca y aprovechó para buscar mi lengua; mi volcán interior
pareció estallar y, enardecida, chupé la suya como si me fuera
la vida en ello. Separé mis piernas. Entonces sus manos, ágiles
y fuertes, empezaron a acariciar mis muslos por debajo del
vestido. Seguí besándole, incitándole a que continuara; pasó
sus dedos primero por mi ombligo y luego camino del monte
de Venus, hasta llegar al vello pubiano, donde se entretuvo en
el jardín de las delicias. Aquellos instantes me parecieron eternos,
deseaba intensamente que descendiera a mi gruta y la
acariciara, pero él seguía enfrascado en mis pequeños rizos.
Apreté su lengua con mis dientes. Gimió. Mis labios mayores
pedían a gritos sordos ser mimados; no obstante, la caricia no
llegaba y decidí elevar el tronco para que sus dedos resbalaran
sobre el pubis. Me llegó un escalofrío al iniciar sus fricciones
en mi yema. Hasta entonces me había preguntado por su función,
y ahora me era descubierta: era la campanilla de aviso
del gozo. No pude más, y sin dejar de besarle, le cogí el dedo
campanero y lo llevé a las puertas de mi rendija, y al fin noté
aquel anular entrando descarado en mí y dándome placer. El
ritmo se hizo más intenso y más rápido. Algo descargó desde
lo más profundo de mí. Él detuvo sus movimientos, separó
aún más mis rodillas y hundió su rostro entre los muslos. En
aquel momento se abrió la puerta y me giré; era mi invitada.
«Te pillé», exclamó sin ver al muchacho, que lamía como un
poseso. Sonreí. ¡Qué podía hacer! Para nuestra fortuna, ella
salió corriendo del cobertizo. «La he pillado, he pillado a Paoletta
», gritaba. Nos levantamos, me arreglé el vestido y fui hacia
la puerta. Él me siguió a corta distancia. Retiré mis brazos
hacia atrás y con la mano derecha agarré su pene por encima
del calzón, estaba tan caliente como la frente de mi hermano
Jerónimo durante sus subidas de fiebre; lo sacudí casi con violencia.
De esa guisa avanzamos hacia la salida y no lo solté hasta
el quicio de la entrada. Los demás celebraban que nos hubiesen
encontrado; yo tenía la mano mojada de un líquido
espeso, y Luigi Lambruschini trataba de ocultar con su chupa
de seda la mancha de su calzón.
Aquel encuentro me descubrió muchas cosas. Había sentido un
inmenso goce,mucho más fuerte que cuando mis hermanos me
cacheteaban en el trasero, o si me acariciaba en la entrepierna
y en los senos en el obligado baño diario. Porque mi madre, Letizia
Ramolino, era intransigente en muchas cosas, sobre todo,
en hacernos sufrir a mí y a todos mis hermanos el baldeo de cada
mañana. La costumbre, según me contaban mis hermanos,
venía ya de cuando padre vivía, y se acentuó a la muerte de este.
Nuestra madre tenía grandes esperanzas para todos nosotros,
y mantenía que la limpieza corporal era imprescindible si se
quería entrar en sociedad. Su opinión contrastaba con las otras
familias burguesas de Ajaccio, donde las pilas familiares eran
casi un objeto de adorno que solo se usaba en caso de prescripción
médica. Al principio compartía bañera con cualquiera
de mis hermanos; al llegar a los diez años, cuando dejé de
ser Paoletta para convertirme en Paulina —excepto para Napoleone,
que siempre me llamó así—, solo me permitían hacerlo
con mis hermanas: Ana Elisa, tres años mayor, y Carolina,
dos años menor; o con mi hermano Jerónimo, a quien yo
llevaba cuatro. La familia tenía que hacer cola en las dos bañaderas
que disponíamos en la casa, y usarlas por parejas era
una buena solución. Con el paso por las academias militares y
los cambios de destinos de José y Napoleone, los usuarios habituales
quedaron reducidos a mis otros seis hermanos, a mi
madre y a mí. No quiero ni pensar en la situación si hubiesen
sobrevivido mis otros cinco hermanos y hermanas muertos prematuramente.
Sí; en apenas veinte años madre había parido
trece veces, y si padre no llega a morir hubiésemos podido formar
un pequeño ejército.

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