UN NUEVO CAPÍTULO DE PAOLETTA

Después de siete semanas de navegación, en las que mis visitas
a cuatro bandas se sucedieron, además de algún escarceo
con marinos y oficiales y de algún hombre al agua más, apareció
en el horizonte la silueta de La Española, la isla que pisara
Cristóbal Colón hacía más de trescientos años. Pese a todo, el
desembarco no iba a ser fácil. Uno de los generales del cabecilla
rebelde Toussain gobernaba en Cap Français, donde esperaba
desembarcar la flota. Se trataba del general negro Henri
Christophe. Mi marido ancló las naves en la rada del puerto,
fuera del alcance de los escasos cañones rebeldes, y envió una
misión diplomática a pactar con Henri la entrega del puerto y
la ciudad. Este contestó que los franceses no entrarían en la
ciudad hasta que estuviese reducida a cenizas. Con la flota varada
y el calor húmedo y sofocante que quemaba la cara y además
hacia sudar a mares, el capitán autorizó a que los oficiales
pudieran, al igual que losmarineros, vestir solo en pantalón
y camisa, y llevarla desabrochada si hiciera falta. Yo decidí dormir
aquellas calurosas noches en cubierta, descubría mis senos
a la brisa marina y así animaba a las fuerzas francesas con
la visión demi cuerpo desnudo como una nereida; era otra forma
de servir a la patria.
El impaciente Leclerc no quiso esperar demasiado, y bombardeó
el puerto: hombres, mujeres, niños, edificios, cabañas,
palmeras, cañas y helechos saltaron por los aires. Yo contemplaba
el cañoneo desde mi improvisado dormitorio de cubierta.
Las bocas de fuego, saliendo de los navíos de línea y de las
fragatas, iluminaban la selva y los cañaverales. Era impresionante.
Los fulgores de las explosiones y de los incendios se me
102 Paoletta, la pasión de Haití
antojaban como un ballet macabro en el que bailarines negros
danzaban alrededor de destellos que consumían todo.
Dos días después desembarcaron nuestros infantes y conquistaron
los alrededores de la ciudad y el estuario del río Mapou.
Henri Christophe ordenó quemar aquella misma noche
lo que quedaba en pie.

Burning-of-Cap-Français

 

ANAÏSA
Cabo Francés, o sus cenizas, fue ocupada por las tropas de mi
esposo. El aspecto de la ciudad desde la cubierta era desolador.
«Esto es la guerra», pensé, mientras abrazaba a Dermide
y su niñera me abrazaba a mí. Los insurrectos, con el general
Henri al frente, habían corrido a refugiarse en la selva, en Hautdu-
Cap, muy cerca del río.
Un par de fragatas se dirigieron a la ciudad de Santiago,
en la isla de Cuba. España era aliada nuestra, y ayudó a la embajada
capitaneada por Fréron. Yo creí que traerían provisiones,
incluso ropas; sin embargo, las naves volvieron cargadas
de perros semisalvajes que pronto utilizaron para localizar y
atacar a los libertos. Daba igual que fuesen soldados, mujeres
o niños, los canes acometían a todo lo que olía a piel negra, incluso
semordían entre ellos. Solo respetaban a los blancos porque
tenían el látigo y eran más salvajes que los taínos, o incluso
más que ellos mismos.
Nuestras fuerzas tomaron rápidamente toda la costa occidental;
Fort-Liberté, Port-de-Paix y Gonaïves siguieron la misma
suerte, y siempre convertidas previamente en cenizas por
los esclavos. Otra flota que nos seguía llegó el 11 de febrero.
Todo parecía controlado, y pudimos desembarcar en la isla.
Nos acomodaron en una plantación cercana que no había sido
incendiada. Todo el mundo hablaba de las barbaridades de
los sublevados con las familias blancas, sobre todo con los franceses,
pero también con hacendados españoles e ingleses. Mujeres
violadas, niños asesinados, familias enteras envenenadas
y muchos muertos de uno y otro bando. A la crueldad que habían
tenido con los propietarios los esclavistas, respondían los
mosquetes franceses, las inquisitoriales hogueras y las torturas
más espantosas, como dejar que los perros devoraran vivos a
los esclavos. Un horror.
En la plantación había una esclava de los antiguos propietarios
asesinados hacía un par de años. Llevaba el nombre
de una diosa del sincretismo llamada Anaïsa, y conocía todos
los secretos del vudú. El sincretismo era una mezcla de diversas
tradiciones religiosas africanas y cristianas. La mayoría
de los taínos de esta parte de La Española eran vodouisins, es
decir, practicantes y sacerdotes del vudú. Su dios único intervenía
poco en los asuntos humanos, y por eso disponía de los
lwas, una especie de ángeles o santos que ayudaban a la humanidad.
Al parecer, nuestra esclava, dedicada ahora a los
asuntos de la cocina, era una creyente voudousi, y tal vez algo
más. Me hablaba de las razas que habitaban aquella región,
descendientes de las tribus mandingas, congos, nagoes o mondongos
de África. «¿Mandingas? ¿Qué es un mandinga?», pregunté.
Ella sonrió con picardía. «Ya lo sabrás… ya lo sabrás,
querida niña».
Después de una semana apartada de los combates, rodeada
por aquella exuberante naturaleza de altas palmas y frutos
exóticos como la chirimoya o los introducidos por los europeos,
como el plátano o el árbol del cacao, aprendí sus nombres
en haitiano, la lengua de los habitantes de las montañas.Me sentía
complacida y en paz en nuestro provisional retiro. A Dermide
le encantaban los lagartos y las iguanas, y a nosotras las brillantes
mariposas y las exuberantes orquídeas que tomaban
sorprendentes formas que nos gustaba adivinar: a sapo, a monja,
a angelito, a corazón. Nos despertaba el vuelo de numerosas
y bellas aves que cruzaban sobre nosotros, camino del mar o de
la cordillera. Todo olía a flor, a nísperos y a limón en aquel paraíso
alejado solo unos pocos kilómetros de Cabo Francés, donde
todo apestaba a descomposición, ceniza y pólvora. Media
docena de soldados nos protegían. Había escrito a Napoleón
contándole la dureza del clima de la isla, donde la seda y la lana
eran imposibles de llevar. Él me hizo enviar, con la fragata
Sirène, ropa de moda de París en algodón y en lino, acompañada
de una amorosa carta que encabezaba con «ma bonne petitte
Paoletta». Me sentí la embajadora de mi hermano en las tierras
del Caribe. Empezaba a ser yo misma, tentando a la nodriza y
a los soldados, disfrutando de mi hijo y de la naturaleza, cuando
sucedió un hecho terrible.
Había llegado la noche a la plantación. Marie, «nuestra» nodriza,
trataba de dormir a Dermide; las dos camareras y la negra
Anaïsa se habían ya retirado; un soldado me regalaba una
orquídea en el porche de la casa. En el horizonte de la selva
había varios incendios, y se podían escuchar algunos disparos
lejanos. Pese a todo, nosotros disfrutábamos de tal tranquilidad
que solo aquel militar estaba de guardia. De pronto se escuchó
un estampido, y el muchacho cayó a mis pies como un
muñeco roto. Grité. Aparecieron la cocinera, el resto de soldados
y las asustadas camareras, que se abrazaron llorosas. La
tropa respondió al fuego con sus mosquetes. Una andanada de
disparos de los asaltantes se estrelló contra el quicio de la puerta
y las balaustradas, una bala perforó la pared detrás de mí;
otro de los soldados fue abatido y cayó de rodillas. «¡Dentro,
métanse dentro!», gritó el sargento. Entramos en la casa en el
momento en que aparecía Marie con Dermide en los brazos.
Los disparos se sucedían; sentí miedo y supliqué a mi cocinera
negra, porque me constaba que era una portadora de los espíritus
del vudú: «Por favor, salva a mi hijo». Anaïsa asintió
con la cabeza. Cogió solo la jarra de arcilla donde aseguraba
que vivía la esencia de un poderoso lwa. «Por aquí están los
Bizango, les llevaré con ellos», dijo. Las dos camareras no quisieron
acompañarnos, les daba más miedo adentrarse en la selva
que seguir en la plantación bajo la protección de los cuatro
soldados restantes, que seguían repeliendo el ataque.

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La novela de Paoletta la podéis encontrar en todas las librerías.

La crítica es buena y quiero adjuntaros el primer capítulo:

PAOLETTA
Si hoy me preguntaran cuál de mis amantes me hizo más feliz,
no sabría qué responder, tal vez dijera que el último, por ser el
más reciente en mi piel y en mis sentidos, o tal vez respondiera
que el próximo si no supiese que ya solo la Parca me acogerá
en sus brazos. Mientras tanto, gimo de placer adormecida
por el intenso aroma de mi propio perfume; mis ojos se entornan
y me estremezco al apreciar dos hábiles dedos introducirse
en mi nada secreta gruta, que los acoge glotona y húmeda…
La primera vez que sentí los dedos de un hombre deslizándose
por mi monte de Venus camino del recinto de mis locuras
fue durante un juego adolescente. Estaba a punto de cumplir
los trece años, y fue en nuestra casa de Ajaccio, en Córcega «la
Sublime», como la llamaron los griegos, y durante una visita
de un joven de la Liguria de dieciséis años, ahijado de un importante
cardenal. En casa de los Buonaparte, pese al fallecimiento
de mi padre hacía ya algunos años y que nuestra posición
política ya no era la de antes, sabíamos recibir a las visitas,
sobre todo mi madre, anfitriona exquisita. Así que el joven Luigi
Lambruschini, amigo y compañero de juergas y rebeldías de
mi hermano Luis, entró en mi vida y en otros escondrijos con
el inocente juego del escondite.
Apareció una calurosa tarde de verano corso, embutido
en unos diabólicos calzones que insinuaban de forma inequívoca
sus caracteres varoniles más íntimos. Su imponente presencia
entre los demás invitados, cuyas edades oscilaban entre
los doce y catorce años, me turbó. Pensé que nuestra infantil
propuesta de jugar al escondite por el salón y en el patio de
la casa le parecería estúpida; sin embargo, él se mostró muy
entusiasmado por participar en el juego. Cuando se tienen
cuatro hermanos varones mayores, otro menor, y gran curiosidad
por la anatomía humana, se conocen muy bien los atributos
masculinos. Había descubierto sin querer las manipulaciones
escondidas de mis hermanos Luciano y Luis, también
las ostensibles protuberancias de José y de Napoleone después
de terminar algún baile con las jovencitas que cortejaban, sin
contar las innumerables veces que les había visto desbeberse
frente a nuestra casa entre los árboles, contra los muros de la
cercana catedral, en la viña de nuestro padre o en el bosque
de la Fuente de Salario; entonces era yo muy pequeña y no
me daba cuenta a ciencia cierta de los usos del complemento
varonil, hasta que pasados algunos años fui atando cabos y
descubriendo una secreta admiración por el curioso artilugio.
Y a tenor de lo que se adivinaba bajo el calzón del invitado,
mi curiosidad iba en aumento. Las demás jovencitas permanecían
atentas al sorteo de quién debería ser el buscador, pero
yo no podía apartar mi vista de aquella abultada filigrana
que descansaba sobre el muslo izquierdo de Lambruschini.
Suspiré al notar que él también me miraba fijamente y que mis
mejillas se encendían.
El instante fue roto al sonar el nombre de la elegida para
buscarnos. Salimos todos en distintas direcciones a la exploración
de un refugio de difícil acceso. Corrí subiéndome el vestido
que Napoleone me había traído de Francia; era del tipo
camisa larga hasta los pies, de muselina blanca, ligera y suave
como una pluma, sin artilugios interiores y solo con un adorno
en plata en el talle alto, tan de moda en el París revolucionario.
Advertí que me seguía, recordé aquel rincón de la caseta
del jardín donde se guardaban las herramientas, que disponía
de una pequeña rebotica para depositar las simientes, y que la
invitada, que seguía con el conteo hasta cien, desconocía. Me
giré e hice un gesto a Lambruschini: «por aquí». El joven me
obedeció y entró conmigo al exiguo vivero. Nos escondimos
detrás de los macetones, después de cerrar la puerta y asegurarme
de que sería difícil localizarnos en la penumbra del interior
de la caseta.
Para no mancharme me coloqué sobre un semillero de
madera vuelto al revés. Quedamos sentados casi uno frente al
otro, Lambruschini sobre el suelo, a medio metro por debajo
de mí. Me levanté la falda a mitad de la pantorrilla para que el
borde del vestido no se extendiera por el suelo, y puse los pies
en alto sobre otro macetero. Él sonrió e hizo resbalar su espalda
por la pared del habitáculo para ganar campo de visión.
No dije nada, me limité a subir un poco más la prenda hasta
asegurarme de que desde su posición, y merced al ángulo de
mis piernas, pudiese ver una generosa parte trasera de mis
muslos y tal vez la sombra de mi pubis. Luigi se acercó a gatas
y se arrodilló ante mí; pese a mi elevación y merced a su
altura, su rostro quedó frente al mío. «Sois la joven más bella
que he visto jamás», dijo mientras me besaba en el rostro. Sentí
un volcán en mi interior y que el rojo se ensañaba con mis
mejillas. Sin poder evitarlo correspondí a sus besos; él saboreaba
mis labios con pasión. Yo no sabía qué hacer. Entreabrí
la boca y aprovechó para buscar mi lengua; mi volcán interior
pareció estallar y, enardecida, chupé la suya como si me fuera
la vida en ello. Separé mis piernas. Entonces sus manos, ágiles
y fuertes, empezaron a acariciar mis muslos por debajo del
vestido. Seguí besándole, incitándole a que continuara; pasó
sus dedos primero por mi ombligo y luego camino del monte
de Venus, hasta llegar al vello pubiano, donde se entretuvo en
el jardín de las delicias. Aquellos instantes me parecieron eternos,
deseaba intensamente que descendiera a mi gruta y la
acariciara, pero él seguía enfrascado en mis pequeños rizos.
Apreté su lengua con mis dientes. Gimió. Mis labios mayores
pedían a gritos sordos ser mimados; no obstante, la caricia no
llegaba y decidí elevar el tronco para que sus dedos resbalaran
sobre el pubis. Me llegó un escalofrío al iniciar sus fricciones
en mi yema. Hasta entonces me había preguntado por su función,
y ahora me era descubierta: era la campanilla de aviso
del gozo. No pude más, y sin dejar de besarle, le cogí el dedo
campanero y lo llevé a las puertas de mi rendija, y al fin noté
aquel anular entrando descarado en mí y dándome placer. El
ritmo se hizo más intenso y más rápido. Algo descargó desde
lo más profundo de mí. Él detuvo sus movimientos, separó
aún más mis rodillas y hundió su rostro entre los muslos. En
aquel momento se abrió la puerta y me giré; era mi invitada.
«Te pillé», exclamó sin ver al muchacho, que lamía como un
poseso. Sonreí. ¡Qué podía hacer! Para nuestra fortuna, ella
salió corriendo del cobertizo. «La he pillado, he pillado a Paoletta
», gritaba. Nos levantamos, me arreglé el vestido y fui hacia
la puerta. Él me siguió a corta distancia. Retiré mis brazos
hacia atrás y con la mano derecha agarré su pene por encima
del calzón, estaba tan caliente como la frente de mi hermano
Jerónimo durante sus subidas de fiebre; lo sacudí casi con violencia.
De esa guisa avanzamos hacia la salida y no lo solté hasta
el quicio de la entrada. Los demás celebraban que nos hubiesen
encontrado; yo tenía la mano mojada de un líquido
espeso, y Luigi Lambruschini trataba de ocultar con su chupa
de seda la mancha de su calzón.
Aquel encuentro me descubrió muchas cosas. Había sentido un
inmenso goce,mucho más fuerte que cuando mis hermanos me
cacheteaban en el trasero, o si me acariciaba en la entrepierna
y en los senos en el obligado baño diario. Porque mi madre, Letizia
Ramolino, era intransigente en muchas cosas, sobre todo,
en hacernos sufrir a mí y a todos mis hermanos el baldeo de cada
mañana. La costumbre, según me contaban mis hermanos,
venía ya de cuando padre vivía, y se acentuó a la muerte de este.
Nuestra madre tenía grandes esperanzas para todos nosotros,
y mantenía que la limpieza corporal era imprescindible si se
quería entrar en sociedad. Su opinión contrastaba con las otras
familias burguesas de Ajaccio, donde las pilas familiares eran
casi un objeto de adorno que solo se usaba en caso de prescripción
médica. Al principio compartía bañera con cualquiera
de mis hermanos; al llegar a los diez años, cuando dejé de
ser Paoletta para convertirme en Paulina —excepto para Napoleone,
que siempre me llamó así—, solo me permitían hacerlo
con mis hermanas: Ana Elisa, tres años mayor, y Carolina,
dos años menor; o con mi hermano Jerónimo, a quien yo
llevaba cuatro. La familia tenía que hacer cola en las dos bañaderas
que disponíamos en la casa, y usarlas por parejas era
una buena solución. Con el paso por las academias militares y
los cambios de destinos de José y Napoleone, los usuarios habituales
quedaron reducidos a mis otros seis hermanos, a mi
madre y a mí. No quiero ni pensar en la situación si hubiesen
sobrevivido mis otros cinco hermanos y hermanas muertos prematuramente.
Sí; en apenas veinte años madre había parido
trece veces, y si padre no llega a morir hubiésemos podido formar
un pequeño ejército.